Antes de OHM, limpiaba zapatos

Antes de que existiera OHM, mi negocio era otro completamente distinto: limpieza de calzado.

Empezó bien. Tan bien que en poco tiempo tuve lo que cualquiera llamaría un buen problema: empezaron a llegarme más pares de los que podía limpiar yo solo. Necesitaba contratar a alguien que hiciera lo que yo hacía, para poder seguir creciendo sin reventarme.

Nunca encontré a esa persona a tiempo.

Mientras tanto, seguí cargando todo yo mismo. Me convertí, sin darme cuenta, en mi propio empleado — y después, en algo peor: en esclavo de mi propio negocio. Trabajaba más horas de las que cualquier jefe me hubiera exigido, porque el jefe era yo, y yo no sabía decirme que no.

Lo primero que se fue fueron los hábitos. Dejé de moverme, dejé de comer bien, dejé de dormir lo necesario — todo "por ahora", todo "ya casi", todo "en cuanto contrate a alguien". El "por ahora" se hizo meses.

Y el cuerpo, tarde o temprano, pasa la factura.

Cuando llegaron las consecuencias de haber dejado de lado esos hábitos, no tuve opción: tuve que parar y retomarlos, esta vez por salud, no por disciplina bonita de redes sociales. Y fue ahí, poco a poco, reconstruyendo mi propia rutina desde cero, que empezó a nacer la idea de OHM — no como un plan de negocio, sino como la respuesta a una pregunta muy concreta: ¿qué hubiera necesitado yo, en ese momento, para no llegar hasta ahí?

Esa pregunta es, literalmente, el origen de esta marca.

Esto es solo el principio de la historia. Ya sabemos hacia dónde va lo que sigue —incluyendo suplementos y productos propios, fabricados por nosotros mismos, que ya estamos desarrollando— pero esa parte se sigue contando adentro del Diario. A partir de aquí, el resto es para quienes ya decidieron ser parte de esto comprando algo. Bienvenido, si te quedas.

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